#BastaDeFalsasSoluciones

Carta abierta a la ciudadanía de la Argentina. Una vez más: ¿El capital o la vida?

Estimada ciudadanía de la Argentina,

A tenor de la propuesta de China de implantar 25 macrogranjas en territorio argentino para criar cerdos, escribo esta carta abierta para contribuir a la reflexión profunda, ya iniciada por el movimiento #BastaDeFalsasSoluciones, con la periodista Soledad Barruti, el abogado ambientalista Rafael Colombo, Jóvenes por el Clima, etc. El plan de China se trata de un despropósito que acarreará tremendas consecuencias, puesto que se pretenden criar unos 40 millones de cerdos para exportar en tan solo 4 años (actualmente en Argentina se crían y matan unos 6/7 millones de cerdos al año).

A pesar de no ser de nacionalidad argentina (nací y vivo en Barcelona, del otro lado del charco), siento un gran afecto por vuestra tierra, donde tengo parte de mi familia y grandes amistades. En cualquier caso, esta carta la escribo en calidad de habitante de la Tierra, una que ama profundamente la naturaleza, los animales y todas las personas cálidas de corazón. Una terrícola joven que ve con tristeza como a las nuevas generaciones nos roban el futuro y no quiere resignarse a ser sólo espectadora del desastre. Una terrícola que vive en un lugar donde hay más cerdos que personas: Cataluña, con unos 9 millones de cerdos y 7,7 millones de personas —pero donde menos del 1% del empleo está en el sector porcino—; un territorio donde el 41% de los acuíferos están contaminados por los purines, por lo que tenemos abierto un procedimiento de infracción por incumplimiento de la Directiva de Nitratos por parte de la Comisión Europea. Por todo ello, esta carta es un SOS hacia argentinas y argentinos, que a la vez se dirige a las muchas regiones que, en aras del capital y por desdicha de animales y personas, se dedican a la ganadería.

Antes de entrar de lleno en el tema, donde abordaré cuatro dimensiones: (1) la animal, (2) la ambiental, (3) la de salud y (4) la social, quisiera contextualizar la situación actual. Nuestro modo de vida, en busca del supuesto crecimiento infinito a base de explotar personas, animales, ecosistemas… se desmorona cual castillo de naipes. Nos azotan a la vez una crisis sanitaria, otra gran crisis económica y avanza el desastre climático. No se ha globalizado la prosperidad, sino que en pro del desarrollo se extienden la precariedad laboral, las enfermedades, el sufrimiento, la contaminación y la destrucción de la riqueza natural. Ahora, urge tomar consciencia de cómo venimos actuando y hacia donde nos llevarán nuestras futuras decisiones.

En este juego del Estanciero (Monopoly en su versión estadounidense) que parasita nuestras vidas, todo sucede en beneficio de unas élites. Por ello, en el fondo todas las luchas contra la opresión están hermanadas. Si bien cada una parte de su particular historia desgarradora, unos modos específicos de maltrato y muchas vidas sufridas, todas comparten un denominador común: un grupo se proclama por encima de otro e intenta dominarlo. Las excusas para declararse mejor son distintas: “este sexo es el fuerte”, “este color de piel es el puro”, “esta especie es superior”… Y a la vez siempre son la misma: que una forma de ser se considera la válida y las otras peores, menos importantes y por ende su explotación, maltrato, sufrimiento parece acreditado en beneficio de quien ostenta el poder, algo que han diagnosticado con lucidez las pensadoras ecofeministas, como Karren Warren o Alicia Puleo (filósofa de raíces argentinas establecida en España), entre otras.

Mediante este sistema de creencias dominador, nos volvemos insensibles al dolor ajeno. Es lo que la socióloga Melanie Joy demonina “anestesia emocional”. Cosificamos la otredad, como si no fuera un sujeto con experiencias y sentimientos propios, y normalizamos la explotación que desgraciadamente alimenta el mal llamado “progreso” de unos seres a costa de otros. A las mujeres “nos toca” aguantar violencias físicas y estructurales; a las personas con bajos recursos “les toca” trabajar en condiciones laborales deplorables, ya sea para la fast fashion, en minas o granjas intensivas; y a los chanchos “les toca” mamar de sus madres a través de barrotes, engordar a base de piensos transgénicos durante seis meses sin poder jugar o correr, para finalmente ser obligados a apelotonarse en un camión hacia su muerte. No nos gusta pensar en estas vidas tan desdichadas, pero existen (76.000 millones de animales matamos para consumo humano cada año, 10 veces toda la población humana en conjunto) y está en nuestras manos trabajar para que esta realidad cambie.

La lógica de la dominación, además de carecer de ética, nos aleja de entender uno de los principios más importantes para la vida: la diversidad. La biodiversidad mantiene en buena salud la naturaleza, gracias a que cada especie realiza diferentes funciones en el ecosistema. La diversidad también es lo que nos ofrece más probabilidades de poder afrontar los cambios en el medio. Del mismo modo, la diversidad cultural y de experiencias es riqueza. Por el contrario, los cada vez más extendidos monocultivos, sean de animales o vegetales, van contra la naturaleza y son fuente de degradación ambiental y plagas (véase ¿El origen del coronavirus? Los cuatro monocultivos del Apocalipsis).

lid_04_the_guardian-5faa1.png

Fuente: PNAS, 2018.

Por todo lo dicho, se me ocurren al menos 4 razones de peso para rechazar el plan de China de convertir Argentina en su macrogranja.

1. Evitar el sufrimiento animal

Es tremendo torturar y matar animales por negocio. Sí, la ganadería se basa en someter a los animales a mucho sufrimiento. Se puede discutir si las reses de pasto viven vidas más o menos tranquilas (aunque para mí esto no justifica arrebatarles el derecho a decidir cómo vivir sus vidas y robárselas en un matadero). De todos modos, sabemos que éste no es el negocio que propone China. Hablamos de ganadería industrial: la que no incluye vistas al jardín, la que hacina tanto que hay animales que mueren aplastados, la que engorda de forma tan antinatural que cuesta que los huesos aguanten el peso del animal.

¿Consentiríamos hacer esto con perros o gatos? Recordemos que los cerdos son animales altamente sensibles e inteligentes, cuyas capacidades cognitivas y de raciocinio son equiparables a las de niñxs de 3 años. Por ello, deberíamos estar planificando cómo acabar paulatinamente con esta denigrante industria, no haciendo negocios entre países para hacerla más y más global.

2. Preservar los ecosistemas y el clima

Criar animales es la forma más ineficiente de producir alimento, tanto en términos de emisiones de CO₂ y metano asociadas, como en consumo de suelo y de agua (producir 1kg de proteína animal requiera más de 100 veces más de agua que producir 1kg de proteína vegetal), por no hablar de los gravísimos problemas de contaminación que se generan por nitratos y su efecto sobre nuestra salud, siendo causa de cáncer y otras enfermedades. A nivel mundial, la ganadería es el segundo sector que más gases de efecto invernadero (GEI) emite, aproximadamente el 18%, después del transporte (que representa un 22% de GEI).

Además, hoy día la cría de ganado es el principal motor de deforestación para producir monocultivos con un alto uso de agrotóxicos. En la Argentina el monocultivo de soja transgénica para piensos ocupa el 60% de la tierra cultivada del país, posicionándola entre los 10 países con más deforestación del mundo. De hecho, la ganadería industrial consume en total el 90% de la soja cultivada en el mundo y un tercio del total de cereales cultivados. Se calcula que, si los cultivos dedicados a alimentar a los animales fueran directamente para las personas, se podría alimentar a 4.000 millones de personas más en el mundo.

¿Seguiremos talando selvas? Son los ecosistemas más ricos del mundo, donde se produce oxígeno, donde se forman grandes nubes que regulan el clima y riegan los campos, donde reside una enorme biodiversidad que, con su complejísimo entramado de funciones, mantienen el equilibrio en los ecosistemas y unos ciclos sin los cuales no habrá vida en la Tierra. Un reciente estudio, prevé que, de seguir el ritmo actual de deforestación, en 40 años como máximo nuestra civilización colapsará. A nadie le gusta ser portadora de malas noticias, pero la cosa está muy muy jodida, ya no podemos confiar en reconfortantes cuentos sobre que la tecnología lo salvará todo, pues el colapso está a la vuelta de la esquina y no tenemos ninguna tecnología que regule el clima ni sustituya las funciones de los ecosistemas que vamos arrasando. Pero sí que podemos darle más espacio a la naturaleza, en vez de quitárselo, para que pueda regenerar la vida fijando carbono, fertilizando el suelo, etc. Y esto pasa inexorablemente por reducir de forma drástica la ganadería.

3. Cuestión de salud

Grupos científicos de todo el globo han destacado la relación entre ganadería industrial y pandemias. Hacinar animales, cuando además estos se encuentran en precario estado de salud, viviendo entre heces y muy estresados, es el caldo de cultivo idóneo para enfermedades. Enfermedades que además pueden ser muy resistentes por el abuso sistemático de antibióticos y antivirales (todo un proceso que está detallado en Receta para pandemias en 10 pasos).

No olvidemos que si China quiere hacer de Argentina su granja de cría es porqué el gigante asiático ha sufrido un brote de Peste Porcina Africana (PPA). Para evitar su propagación y el posible salto de este virus a humanos, se estima que se han sacrificado aproximadamente entre 180 y 250 millones de cerdos (¡!), lo que representa un 40% de su producción anual. Todo parece una distopía propia de la imaginación de George Orwell pero es cierto. Una realidad cruel, autodestructiva y absurda sobre la cual debemos aportar sensatez y decir bien fuerte: nos importa la vida y nuestra salud, ya basta de ponerlas en grave peligro.

4. Salgamos del neo-colonialismo

Ricos que consiguen que otros más pobres hagan los trabajos que los primeros no están dispuestos a hacer; una de las historias más antiguas de la humanidad, el relato de cómo los poderosos imponen sus reglas del juego para hacer que la desigualdad genere más desigualdad. Nadie quiere las macrogranjas cerca porqué contaminan. Nadie desea trabajar allí porqué afecta la salud, tanto física —por  la inhalación constante de sulfuro de hidrógeno y otros tóxicos— como psicológicos —por la cantidad de gritos y violencia que se soporta a diario—. Y hoy nadie quiere tener cerca un posible foco de nuevas pandemias. Se trata además de un sector que, aún estando en auge, cada vez genera menos empleo por las condiciones intensivas y su mecanización, por lo que el beneficio repercute en sectores muy reducidos de población.

China se sacude la parte sucia del trabajo para que otros acarreen los problemas asociados y, por el camino, no sólo no renuncia a oprimir a los cerdos (lo cual sería una conclusión lógica, sopesando todos los impactos ya comentados) sino que extiende su control económico de macropotencia ahora a través de un nuevo proceso de neo-colonialismo en la Argentina, que continua los pasos de la introducción de soja transgénica en el campo argentino en 1996 con Felipe Solá como Secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca.

En definitiva: ¿algún caso de colonialismo ha traído prosperidad al territorio que ha sido colonizado? Vaya, no me suena. Pues, ante la crisis económica que tantos países enfrentamos, aprovechemos la oportunidad para romper la rueda y construir otras economías, no desde las multinacionales jerárquicas, que sólo generan riqueza para unos pocos, sino a través de iniciativas más locales fundamentadas en el trabajo cooperativo y el cuidado de nuestras comunidades.

*             *             *

Expuesto todo esto, reflexionemos sobre lo que implica nuestro estilo de vida, qué negocios recibimos en cada territorio, sobre qué valores sustentamos nuestras sociedades, también sobre qué consumimos. No hay dinero que pueda justificar tanto sufrimiento animal, tampoco el lucro debería de ser el motor para permitir que un país saque tajada de otro, ni menos —si cabe— motivo para poner en juego nuestra salud y la viabilidad de los ecosistemas como los hemos conocido (repito: ¡de seguir con el modelo de ganadería actual y el ritmo de deforestación asociado, 40 años a lo máximo nos dan los estudios para que de modo definitivo colapsen nuestras sociedades!).

Disculpen si me pongo trascendental, pero como civilización nos encontramos en una encrucijada: ¿parar los pies a este sistema dominador que explota a animales y personas, que destruye la salud, los bosques, el clima… y buscar alternativas que realmente merezcan ser vividas; o bien sacrificarlo todo por cuatro pesos y sumirnos en un futuro de degradación? Por favor, hagamos gala de nuestra inteligencia y empatía, digan NO a este despropósito.

Si vos también amás tu salud, a los animales, la naturaleza y la vida, difunde la campaña del colectivo Pacto Ecosocial y Económico para frenar este plan a través de las redes y adhiérete a través de: granpactoecosocialyeconomico@gmail.com

Barcelona, 9 de agosto de 2020

Clara Montaner Augé

Licenciada en Ciencias Ambientales. Máster en Planificación urbana y Sostenibilidad

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out /  Canvia )

Google photo

Esteu comentant fent servir el compte Google. Log Out /  Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out /  Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out /  Canvia )

S'està connectant a %s