Receta para pandemias en 10 pasos

¿Cómo se gestan y propagan pandemias como la COVID-19?

@CalaixAmbiental >> El modelo socioeconómico predominante fundamentado en el lucro y el mercado con sus patrones de degradar ecosistemas, de explotar animales, de transporte rápido, y su precaria atención a la salud y a los cuidados presenta el diseño idóneo para propagar epidemias. Sin embargo, hasta el momento, estos aspectos han recibido poca atención por parte de los medios de comunicación y mucha menos en cuanto a las políticas iniciadas (véanse algunas políticas iniciadas en EEUU y China).

Afortunadamente, también emergen las voces de numerosxs expertxs que ponen sobre la mesa qué elementos permiten una comprensión profunda del origen de nuevas enfermedades y de su potencial alcance, algo vital para poder evitar de raíz futuras crisis similares. En base a estas fuentes he elaborado la “receta” (en cuatro bloques y 10 pasos) que explica como hemos conseguido un caldo de cultivo muy proclive a desatar pandemias. Encontrarás más de 50 enlaces a lo largo del artículo para poder contrastar y profundizar la información.

diagrama covid3.jpg

Bloque I. Degradación ecológica:

Este primer bloque incluye los efectos de la deforestación y la pérdida de hábitats salvajes para el monocultivo de plantas y animales, para el extractivismo de combustibles/minerales y para procesos de urbanización, históricamente vinculados a epidemias. Estos cambios de usos del suelo suponen reemplazar ecosistemas complejos —biodiversos, funcionales, regenerativos y resilientes— por ecosistemas degradados —de pocas especies, dependientes de energía/materiales/agua importados, contaminados y frágiles ante los cambios—. Canjeamos un tesoro por un desastre, algo que a nivel biológico es tan absurdo como autodestructivo.

1. Invasión de entornos salvajes. La destrucción de bosques intactos con talas, minas, construcción de carreteras en lugares remotos, urbanizaciones rápidas y crecimiento de la población provoca que las personas tengan un contacto más directo con especies de animales a las que nunca se habían aproximado” y por ende con los patógenos que puedan albergar, expone Kate Jones, directora de Ecología y Biodiversidad de la Universidad UCL. De hecho, cuenta el biólogo y vicepresidente de EcoHealth Alliance, Carlos Zambrana-Torrelio que sus investigaciones demuestran como la fragmentación de bosque por la extensión de la frontera agrícola, incrementa los casos de malaria en Malasia.

2. Simplificación de ecosistemas. Reducir o eliminar poblaciones salvajes debilita el entramado de un ecosistema (como expuse en el post #COVID19, punto 3), por lo que su capacidad de regular plagas disminuye. Estudios científicos han demostrado que la alta biodiversidad nos protege de muchos patógenos, ya que diluye y amortigua el alcance de enfermedades. Para abstraer esta idea, imaginemos un megaconcierto al que asiste alguien que por X motivo no deseamos encontrar. Yo no me preocuparía mucho, la probabilidad de toparnos será ínfima. Pero ¿y si en vez de un evento multitudinario se trata de un concierto con sólo 30 personas? El encuentro será harto probable, como análogamente es más fácil topar con nuevos patógenos en áreas con los filtros de la biodiversidad menguados. Además, la naturaleza puede frenar el polvo del desierto y reducir la contaminación atmosférica, dos vehículos que propagan virus y que acentúan los síntomas respiratorios derivados de la COVID-19, como detalla Fernando Valladares, biólogo investigador del CSIC.

3. Migraciones de fauna desencadenadas. Los impactos sobre el entorno fuerzan a muchos animales a migrar, pudiendo llegar así a áreas urbanas/periurbanas crecientes por doquier (proceso que detallan bien Christine Johnson, investigadora del Instituto One Health de la Universidad de California Davis, o la periodista Sonia Shah). También el cambio climático ayuda transmitir virus entre distintas especies al ser otro factor que provoca movimientos de fauna, además de potenciar la aparición de nuevas infecciones. 

Más fuentes sobre los puntos 1, 2 y 3: Moreno Di Marcoa et al., (PNAS, 2020); Isabella Pratesi (WWF España, 2020); Fernando Valladares, Juan Soto (El Confidencial, 28/04/20); Adelaida Sarukhan i Pep Martí (Naciódigital, 26/04/20); David Quammen y Marc Bassets (El País, 19/04/20); Cristina O’callaghan (ISGlobal, 06/04/20) Samuel Sigal (Vox, 31/03/20); George Monbiot (The Guardian, 25/03/20); Damian Carrington (The Guardian, 25/03/20); John R. Platt (The Revelator, 23/02/20); Alejandro Tena (Público, 18/03/20); Jordi Serra y Josep Cabayol (Ràdio4, 13/3/20); Rodolphe Gozlan, Soushieta Jagadesh (The Conversation, 16/02/20).

Bloque II. Explotación animal:

A nuestro modo poco “friendly” de habitar los ecosistemas se suma la explotación animal: con la industria ganadera, que abusa de antibióticos y antivirales, el tráfico de fauna salvaje, así como la aberración de los mercados de animales vivos. Existe una retroalimentación entre los aspectos tratados en el bloque I y este segundo, ya que la ganadería está íntimamente ligada al monocultivo para piensos que elimina ecosistemas salvajes; también el tráfico de fauna y la caza inducen la degradación ecológica y los desplazamientos forzados de animales.

4. Contacto con más patógenos. La caza y el tráfico de fauna salvaje (que mueve tanto dinero como el tráfico de drogas o armas) y los mercados de animales vivos ofrecen vías de llegada hasta humanos de nuevos patógenos de origen zoonótico (que representan el 70% de los patógenos que nos enferman). Paralelamente, la proliferación de la ganadería industrial intensiva ha incrementado las posibilidades de contacto entre la fauna salvaje y el ganado, disparando el riesgo de transmisión de enfermedades. Un cúmulo que, combinado con la degradación ecológica anteriormente descrita, incrementa el riesgo de contagio de nuevas enfermedades a humanos según un reciente estudio publicado Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences.

5. Cría industrial. Las granjas intensivas presentan una condiciones muy propicias para la propagación de epidemias (como detallan Rob Wallace, biólogo o Núria Almiron, Codirectora UPF-Centre for Animal Ethics). Los animales malviven hacinados, enjaulados y revueltos con sus propias heces. Este enfoque productivista choca con la ética a la vez que con la lógica de un ecosistema biodiverso. Además, los animales de granja son altamente vulnerables al contagio por su precario estado de salud, expone Aysha Akhtar, neuróloga y especialista en salud pública, a lo que se suma que no disponen de variabilidad genética, por ser cruces forzados. Aunque en el caso de la COVID-19 no se sabe a ciencia cierta si hubo transmisores intermedios entre murciélagos y humanos ligados a la ganadería, la ONU destaca que el ganado sirve como un puente epidemiológico entre la vida silvestre y las infecciones humanas, además de desarrollar nuevas cepas infecciosas, como la gripe aviar, la gripe porcina, la influenza H1N1… Ya en 2004 la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE) y la Food and Agriculture Organization (FAO), señalaron como principales causas de la aparción y propagación de nuevas enfermedades zoonóticas el incremento de la demanda de proteína animal y la intensificación de su producción industrial.

6. Cepas resistentes. Dado que el caldo de cultivo de enfermedades está servido, la cría industrial va ligada a la toma continua de antibióticos y antivirales. Este abuso comporta el desarrollo de cepas más resistentes. En 2005, un estudio llevado a cabo por epertxs de la OMS y otros organismos concluyó que uno de los mayores impactos del nuevo modelo de producción ganadero es su incidencia en la amplificación y mutación de patógenos. De hecho un estudio noruego apunta que las bacterias resistentes podrían ser un factor que acusa la mortalidad al infectar junto con la COVID-19.

Más fuentes sobre los puntos 4, 5 y 6: Jan Dutkiewicz, Astra Taylor, Troy Vettese (The Guardian, 16/04/20); Jane Godall (SinPermiso, 11/04/20); Silvia Ribeiro, Claudia Korol (Página12, 03/04/20); Redacción BBCNews (BBC, 22/03/20); Peter Singer, Paola Cavalieri (Project Syndicate, 02/03/20); Silvia Ribeiro (LaJornadaCDMX, 29/04/20).

Bloque III. Globalización:

El modelo de producción y consumo predominante cada vez más global da por hecho el continuo y veloz movimiento de personas y mercancías. Esto nos lleva al séptimo paso.

7. Rápido movimiento de patógenos. En pocas semanas el virus se ha extendido mundialmente, un riesgo del que ya había alertado hace tiempo el ecológo Paul Ehrlich, entre otros. Con un sistema global “A partir de un elemento cualquiera (…) esta carencia se transmite al conjunto“, relata Luis González Reyes, químico y miembro de Ecologistas en Acción, vulnerabilidad que afecta tanto en la transmisión de enfermedades como a la economía, dependiente de la importación-exportación de productos y energía. No es casual que los países más afectados por la COVID-19 sean ocho del top-10 del turismo (Francia, España, Estados Unidos, China, Italia, Turquía los seis con más turistas al año, Alemania, octava y Gran Bretaña décima), como apunta el periodista Josep Cabayol en Envenenada normalidad, que muestra que los camino para frenar la emergéncia climática y las pandemias discurren juntos.

Bloque IV. Sanidad economicista:

Igualmente, se ha descuidado la dimensión social: con la desinversión y las privatizaciones en sanidad pública, dentro de un sistema que se rige por las lógicas perversas del mercado (que dificultan el acceso a mascarillas incrementando su precio, sacando tajada del desastre) postergando los servicios públicos y comunitarios que confieren resiliencia a la ciudadanía frente a crisis. 

8. Ausencia de medicina comunitaria, prevención. Nuestro sistema sanitario destina un esfuerzo marginal a la prevención, como explica Javier Segura, médico salubrista, quien aboga por articular la medicina preventiva y las respuestas comunitarias frente al planteamiento de “tonto el último“. Tampoco se valoran los cuidados como un pilar básico para sostener la vida, apunta Alicia Puleo, catedrática de filosofía y autora ecofeminista.

9. Baja salud ambiental. Varios estudios científicos ya han detectado mayor afectación por la COVID-19 en ciudades contaminadas, problemática muy ligada a la quema de combustibles. Por un lado, la contaminación atmosférica se vincula al deterioro de los pulmones y el sistema cardiovascular, lo que afecta nuestra respuesta delante de la infección. Además, estudios preliminares indican que las partículas en suspensión que abundan en las urbes transportan el virus, pudiendo contribuir a su propagación.

10. Colapso del sistema sanitario. Como resultado de todo lo anterior y con una sanidad de recortes sin margen para los picos de enfermedades, llegamos a la saturación de hospitales y otros servicios. Esto a su vez repercute en extender el virus (como confirma Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS). Además, la falta de recursos genera una delicada situación donde la capacidad de respuesta se reduce a apagar los fuegos más urgentes, descuidando: enfermedades menos graves, los derechos de la infancia y otras muchas necesidades de la población.

Más fuentes sobre el punto 8: Josefina Martínez (CTXT, 09/04/20); Laura Pérez Castaño (CTXT, 11/03/20). Sobre el punto 9: Josep Cabayol (Catalunya Plural, 28/04/20); Ignacio Encabo (El Independiente, 26/04/20); Damian Carrington (elDiario.es, 24/04/20); Redacción National Geographic (National Geographic, 10/04/20); Damian Carrington (The Guardian, 17/03/20).

¿Entonces cuál es la alternativa?

Como dice William Rees, economista ecológico, “hay demasiadas personas que consumen demasiadas cosas” en relación a como la sobrepasada capacidad de carga del planeta deriva en las grandes emergencias que vivimos. Aunque no sea sencillo revertir todo el descalabro organizado a lo largo de décadas (incluso siglos, si pensamos en el destructivo afán de sometimiento de lo diferente, lo plural, las “otras” culturas, las “otras” especies, etc.) es innegable que el patrón desarrollista de devorar y degradar nuestro propio hogar y salud avanza raudo hacia el desastre. Por ello nuestra perviviencia y la de muchas especies en la Tierra a largo plazo pasa inexorablemente por intentarlo. 

Así, concluyo con una propuesta de diagrama de 10 pasos alternativos que podrían contrarrestar los procesos degradativos señalados. Esto no pretende ser una fórmula unívoca, puesto que la rigidez tiene poco sentido desde el enfoque ecosistémico, en el cual es la variedad de características y funciones lo más ventajoso. Tan sólo aporto algunas ideas o puntos de referencia, que además podamos vincular a nuestro día a día, tejiendo formas de vida conscientes (véase el post #ReSPeCT). Por ejemplo, una alimentación basada en productos vegetales, ecológicos y locales ha de ser cada vez más lo habitual y no la excepción, tanto para evitar pandemias como para alcanzar una alimentación con baja huella de carbono, un menor consumo de suelo, agua, sufrimiento…

diagrama covid-propo.jpg

Toca aprender a cooperar y a valorizar las redes de cuidado y soporte mutuo. Toca plantear modelos responsables y de visión holística: un “pluriverso” de alternativas (como plantea el libro Pluriverso: Un Diccionario del Post-Desarrollo). Necesitamos nuevos enfoques, con el respeto como base, sin explotación de personas, animales, ni ecosistemas y que se fundamente sobre la restauración en vez de la degradación, aprendiendo de la naturaleza. Sólo sistemas que se regeneren ofrecerán calidad de vida real y durable.

Clara Montaner Augé. Ambientóloga – 30 de abril de 2020

Imagen de portada: Deforestación en el Amazonas (Vinícius Mendonça/Ibama, Wikimedia Commons)

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