¿Invasoras?

Análisis del plan para acabar con las cotorras de Madrid desde 4 perspectivas diferentes

@CalaixAmbiental >> El pasado 4 de junio el Ayuntamiento de Madrid autorizó el contrato para exterminar las cotorras en la ciudad. Estas aves incluyen a dos especies: cotorra argentina (Myiopsitta monachus) y cotorra de Kramer (Psittacula krameri). Pero ¿realmente generan impactos graves sobre el ecosistema urbano? ¿Son problemáticas para nuestra salud? ¿Hay alternativas para controlar estas poblaciones que no conlleven una matanza de animales? Para responder a estas preguntas, vamos a analizar la cuestión desde 4 perspectivas diferentes: (1) ecológica, (2) de salud, (3) ética y (4) económica. Pero antes veamos a qué se refiere la denominación de especie “invasora”.

0. El término de especies “invasoras”

Durante mis años estudiando Ciencias Ambientales veía a las especies “invasoras” con mucha antipatía y criticaba con vehemencia sus impactos en cultivos y sobre la biodiversidad. Sin embargo, luego entendí que la problemática asociada a estas recién llegadas es en realidad un efecto de la explotación de especies y ecosistemas que sistemáticamente practicamos, siendo éstas en la mayoría de los casos meras víctimas que han sido extraídas de su medio y transportadas a nuestro antojo. De hecho, cada vez más especialistas prefieran hablar de especies “introducidas”.

Al respecto hay tres aspectos clave para poder comprender el tema que nos ocupa. En primer lugar, los seres vivos de manera natural se desplazan y pueden colonizar nuevos territorios: forma parte de nuestra biología evolutiva por lo que no hay que criminalizar a una especie por querer expandir su área de distribución o simplemente por moverse. Por poner un caso, así llegaron a las islas Galápagos todas sus emblemáticas especies; en el pasado también ellas “invadieron” este nuevo entorno. Más aún, en el contexto de la emergencia climática, con miles de especies en movimiento, “un número creciente de científicxs dice que la dicotomía entre especies nativas y exóticas se ha convertido en un concepto obsoleto y que se deben hacer esfuerzos para ayudar a las especies migratorias a adaptarse a sus nuevos hábitats“.

En segundo lugar, muchas especies foráneas se asientas en nuevos territorios sin causar desequilibrios ecológicos. Si actualmente su llegada tiende a generar disfunciones es por el efecto combinado de:

  • cómo los humanos hemos multiplicado la velocidad a la que estos desplazamientos ocurrirían de forma natural, moviendo especies de forma voluntaria o accidental en nuestros rápidos transportes;
  • la degradación que sufren muchos ecosistemas por la contaminación y/o la reducción de su biodiversidad, de modo que al llegar nuevas especies, éstos son mucho más vulnerables que en un estado sano, biodiverso y resiliente.

En tercer lugar, en cuanto a las cotorras hay que tener en cuenta que se han asentado principalmente en hábitats urbanos (véase imagen inferior).

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Distribución de la cotorra argentina en España. Fuente: SEO/BirdLife

La Ley 42/2007 del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad, define una especie exótica invasora como “aquella que se introduce o establece en un ecosistema o hábitat natural o seminatural y que es un agente de cambio y amenaza para la diversidad biológica nativa, ya sea por su comportamiento invasor, o por el riesgo de contaminación genética”. Sin embargo, una gran ciudad no encaja como hábitat natural ni seminatural. La ciudad es el hábitat artificial por excelencia, luego en ella el término “invasora” tiene poca cabida. Los árboles de las calles o los setos de los parques están repletos de especies introducidas, la hidrología está totalmente alterada, los suelos asfaltados… por ello es muy difícil hablar de lo que “debería” o “no debería” estar allí desde una perspectiva ecológica. En consecuencia, la propia definición de la Ley 42/2007 no es aplicable para el medio urbano, por lo cual las cotorras en ciudades ni siquiera deberían de ser tratadas como “invasoras”.

1. Perspectiva ecológica: La proliferación de nuevas especies es más una consecuencia del desequilibrio ecológico previo en las ciudades que no una causa de éste

Repasemos los problemas de tipo ecológico que se les suelen achacar a las cotorras:

  1. ¿Desplazan a la fauna autóctona? Primero, hay que tener en cuenta que las poblaciones nativas se enfrentan a muchas dificultades en la ciudad: atropellos, ruido, polución, pesticidas… Estas presiones son mucho más determinantes que la presencia de cotorras, lo cual se ha hecho patente con el aumento de aves en las ciudades detectado durante el confinamiento. Como todos los seres vivos, las cotorras pueden establecer relaciones negativas y positivas con otras especies. En cuanto a la competencia por los recursos, los hallazgos científicos apuntan a una baja incidencia de este fenómeno con la fauna autóctona dada la alta disponibilidad de comida y espacio en las ciudades. Se ha hecho muy mediática la competencia de la cotorra de Kramer con el murciélago nóctulo gigante en el Parque de María Luisa en Sevilla. Sin embargo —y más allá de las medidas que se deban aplicar en este caso puntual—, hay que tener muy presente que estos murciélago están en situación vulnerable por la deforestación de su hábitat en Europa, no por la presencia de cotorras. Uno de los impactos asociados a las cotorras era el descenso de poblaciones de gorrión y otros pájaros de pequeño tamaño, pero un estudio reciente descubrió que es la malaria aviar la que estaba detrás de este problema. Como relaciones positivas, varias investigaciones han reportado, por ejemplo, que los nidos de cotorra argentina pueden ser cohabitados junto a otras especies de aves (véanse estudios en Roma, Tenerife o Málaga). De hecho, un estudio científico ha concluido que la presencia de cotorras argentinas en ciudades no modifica la composición de la comunidad de aves preexistente de forma significativa.
  2. ¿Son agresivas? Las cotorras únicamente muestran estos comportamientos cuando se sienten atacadas o deben proteger sus nidos, como la gran mayoría de animales hacemos para velar por nuestra familia. Por lo general, son tolerantes con otras especies; se las puede ver frecuentemente compartiendo espacio de forma pacífica con palomas u otros muchos pájaros (por ejemplo con estorninos, como vemos en la imagen).P1070575 (4)
  3. ¿Desequilibran el ecosistema? Más quisiéramos poder hablar de un cierto equilibrio en el ecosistema urbano que perturbar. Por contra, a día de hoy las urbes son hábitats totalmente alterados por la acumulación de residuos sólidos y de contaminantes atmosféricos, por su ineficiente gestión del agua, por su monótono asfalto y cemento que suponen una falta de suelo fértil y de biodiversidad que coarta el desarrollo del ecosistema. Por tanto, los efectos que puedan causar las cotorras son negligibles en estos ecosistemas que desde sus cimientos suponen la pérdida total de los hábitats preexistentes y de su biodiversidad, reemplazándolos por sistemas muy alejados de la sostenibilidad.
  4. ¿Dañan el arbolado? Sus nidos formados por complejos entramados de ramas y con dos cámaras en el interior pueden dañar los árboles urbanos, pero esto sucede especialmente por el mal estado de salud de muchos árboles debido a las recurrentes podas que propicia la entrada de hongos. Cuando esto supone un riesgo para la seguridad ciudadana, se puede proceder a la retirada de los nidos sin necesidad de dañar a los pájaros.
  5. ¿La población crece sin control? En los últimos años la población de cotorras ha crecido notablemente en Madrid. Llegados a este punto, deberíamos preguntarnos qué condiciones urbanas favorecen sólo a ciertas especies, para poder resolver estas cuestiones de base. El predominio de condiciones artificiales, tanto en calles como incluso en parques, donde la presencia de praderas naturalizadas, matorrales o bosques es casi inexistente dificulta el desarrollo de las poblaciones autóctonas. Faltan hábitats autóctonos mediterráneos y por contra abundan las palmeras y otros árboles exóticos, lo que favorece a su vez a la fauna exótica y atrae poco a las especies locales. Incluso el clima, cada vez más cálido, resulta más adecuado para las especies exóticas que las nativas. Si no actuamos sobre estos condicionantes subyacentes, cualquier actuación para limitar las poblaciones de especies exóticas será sólo un pequeño parche, algo así como si una persona con un grave problema de tiroides que le causara acné entre otros efectos se aplicara crema antiacné y diera el tema por resuelto.

En resumen, las poblaciones de cotorras no son en si mismas un problema grave para el equilibrio ecológico, si no que es el desbarajuste inherente al ecosistema urbano el que propicia que sus poblaciones y no las de especies autóctonas se vean favorecidas. No es casualidad que en el río Manzanares y su entorno abunden tantas especies nativas y no encontremos cotorras; esto sucede porqué se trata de un espacio naturalizado, con variedad de flora autóctona y unas dinámicas ecológicas sanas que permiten a las aves locales prosperar. Reducir el tráfico motorizado, promover la diversidad de ambientes y la flora mediterránea o dejar algunos troncos viejos muertos en los parques son algunas de las muchas estrategias que se pueden impulsar en las ciudades para incrementar la fauna local y mejorar la salud de nuestro entorno.

Por otro lado, resulta absurdo que siga siendo tan fácil comprar y vender cotorras de forma ilegal, a pesar de estar prohibida su comercialización en España desde 2011. Este sí que es un tema que merece toda la atención de las administraciones. Por el contrario, la propia Comunidad de Madrid avala despropósitos como la reciente suelta de truchas arcoiris en entornos naturales en la Comunidad de Madrid para fines cinegéticos. Parece una sátira digna de El Jueves o de El Mundo Today, dado que esta especie figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras al igual que la cotorra argentina y la de Kramer. Un control de poblaciones que no frene la introducción de especies exóticas y no aborde los múltiples problemas de base a los que se enfrenta la fauna autóctona será inútil tanto para limitar las poblaciones exóticas actuales como para impedir la llegada de otras especies en el futuro.

2. Perspectiva de salud: El riesgo de transmisión de enfermedades es nulo o muy marginal

El Ayuntamiento de Madrid alega que las aves puede ser un vector de transmisión de patógenos y cita tres bacterias al respecto: Chlamydophila psittaciEscherichia coli Campylobacter jejuni causantes de diarreas y otros síntomas en humanos. No obstante, si indagamos sobre sus principales focos de contagio, encontramos que se producen debido a la cría o venta de animales y no en relación a la fauna urbana (véase anexo con el detalle de las principales fuentes de contagio de estas bacterias al final).

Ojo al dato: hasta la fecha no se ha reportado ningún caso de contagio de enfermedades de cotorras urbanas a humanos. De hecho, estamos hablando de patógenos que tienen una incidencia en humanos nula o muy marginal en contexto urbano. En cambio, tienen una relación directa con la tenencia de animales y con la ganadería (vinculada estrechamente a nuevas enfermedades como la COVID-19, como expusimos en Receta para pandemias en 10 pasos). Entonces ¿no deberíamos actuar frente a estos ámbitos si quisiéramos protegernos de estas enfermedades?

Por otro lado, sabemos que la contaminación del aire urbano mata cada año a unas 5.400 personas en Madrid, según datos de la Agencia Europea de Medio Ambiente. En cuanto al ruido, sucede algo similar: los sonidos de las cotorras al comunicarse son cuatro gotas en el océano en comparación con el estruendo del incesante tráfico urbano. Pensemos también en nuestra mala alimentación, una importante causa de muerte en España, situándose según dos estudios entre los 44.000 y los 90.000 decesos al año. A falta de datos específicos para Madrid, podemos prorratear estas cifras en base a la población, lo que apunta a entre unas 3.000 y 6.000 muertes al año en la ciudad por culpa de la mala alimentación (muertes por causa de las cotorras… ¡cero!).

En definitiva, incluir el argumento de la salud ciudadana para defender el exterminio de las cotorras carece por completo de fundamento, dado su inexistente efecto sobre ésta. En cambio, hay otros muchos ámbitos que sí requieren actuaciones drásticas, como acabar con la contaminación atmosférica y con la alimentación basura (en vez de subvencionarla como ha sucedido con las becas comedor adjudicadas a Telepizza y a Rodilla).

3. Perspectiva ética: Mejores alternativas de control poblacional

Como ya hemos visto en los apartados 1 y 2, la magnitud del impacto sobre las especies locales y nuestra salud es sólo la punta de un inmenso iceberg de presiones preexistentes a las que no hay voluntad de buscar soluciones. Sin embargo, si se considera que se tiene gestionar esta población, existen alternativas —de hecho más efectivas y económicas— que no requieren causar una muerte agónica mediante el gaseado a animales que sienten y padecen. Tenemos la retirada de nidos y la esterilización de los machos, como se prevé aplicar en Getafe, o el uso de piensos anticonceptivos, métodos que se han puesto en marcha hace tiempo en países como Suiza, Eslovenia, Francia o Italia, y algunas ciudades en España. Además, en numerosos casos se ha comprobado que las matanzas son ineficaces para en control de poblaciones, sólo las reducen temporalmente para volver a alcanzar su número máximo transcurridos unos años.

Recordemos que estos animales ni siquiera han elegido llegar a nuestras ciudades. Son especies comercializadas como mascotas desde los años 70-80, que formaron poblaciones libres a partir de individuos soltados por sus tenedores o que consiguieron escapar. Vaya, seres que permanecían enjaulados y que buscaron rehacer su vida como haríamos tu, yo o cualquiera que aprecie la vida.

Y es que ha sido la especie humana quien ha desencadenado la problemática asociada a las especies introducidas. Algunas de estas especies las hemos extendido de forma accidental, pero parte importante las hemos movido voluntariamente: para venderlas como mascotas (caso de la tortuga de Florida o las cotorras), para pesca y caza (así se introdujeron desde los lucios a los siluros en la red fluvial) o para extraer sus pieles (como sucede con el visón americano, el cual se sigue explotando en España a pesar de formar parte del Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras y siendo las fugas desde estas tristes granjas el origen del problema). Deberíamos reconocernos como origen del problema y responsabilizarnos de ello, en vez de demonizar y perseguir a animales que no tienen culpa alguna de estos procesos y sólo intentan desarrollar su ciclo vital donde pueden. Hablar del exterminio de una especie mientras siguen habiendo granjas con especies exóticas o se pueden seguir comprando como mascotas es un sinsentido, es muy irresponsable y carece de toda ética.

4. Perspectiva económica: Un despilfarro muy inconveniente

El exterminio de las cotorras de Madrid se ha presupuestado en 2,9 millones de euros. Vivimos en tiempos de crisis en los que el dinero público debe ser administrado de forma muy cuidadosa. Hace un año, un estudio realizado por CCOO estimó que cerca de 350.000 madrileños viven en pobreza severa y el 27,3% de los niños son pobres. Son cifras muy alarmantes, más sabiendo que esta situación se agrava a raíz de la pandemia de la COVID-19 (véase: El coronavirus azota Madrid con una pobreza mayor que la crisis de 2008 o Las colas del hambre por la crisis de la covid-19 inundan Madrid). Por otro lado, pretender erradicar las cotorras con ya unos 12.000 ejemplares en Madrid resultará inviable, por lo que serán vidas y dinero echados a perder inútilmente.

En definitiva, punto tras punto queda de manifiesto que muchos de los perjuicios achacados a las cotorras son temas menores dentro de un contexto de ciudades disfuncionales tanto a nivel ecológico como de salud, donde habría montones de actuaciones mejores donde invertir. El enfoque para corregir los desequilibrios ecológicos urbanos debe pasar por afrontar sus causas, entendiendo su naturaleza interconectada y de gran escala, no con meros parches, para poder seguir con un statu quo de destrucción de la vida. Por todo ello, esta matanza es un auténtico despropósito que hay que frenar (puedes sumar tu firma para pedir una gestión ética de las cotorras de Madrid aquí).

De entre los millones de especies que habitan el planeta conozco una que presenta un patente comportamiento invasor. Ocupa continuamente nuevos territorios, altera los ciclos naturales, consume una creciente cantidad de minerales, energía, agua… y arrincona a las otras especies —que demasiado a menudo olvidamos que, además de tener su propio derecho a vivir, son necesarias para que los procesos naturales de los que dependemos sigan funcionando—. Necesitamos urgentemente avanzar en esta asignatura pendiente: aprender a convivir con todas las especies. Llevamos demasiado tiempo aplicando el método de matar, erradicar, arrasar… y está comprobado que no funciona, sino que los desajustes que causamos son cada vez más y más grandes.

Clara Montaner Augé // Licenciada en Ciencias Ambientales, Máster en Planificación urbana y Sostenibilidad, campo al que me dedico profesionalmente desde 2013. 

Annexo. Sobre las causas de contagio de las bacterias Chlamydophila psittaci, Escherichia coli y Campylobacter jejuni

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