#COVID19

La disyuntiva entre regirse por el principio de “tonto el último” o bien apostar por tejer relaciones positivas

@CalaixAmbiental >> Son tiempos propicios para la reflexión y la (auto)crítica. Inmersos en esta problemática de salud pública sin apenas precedentes, a la par que se agravan las dificultades sanitarias, va aflorando una crisis compleja: ecológica, social, de valores… y con otras muchas caras, aunque aquí me centraré en estos tres aspectos. Cuando pase el colapso sanitario “la «normalidad» no puede ser un sistema socioeconómico enemigo de la sociedad y de la vida”, como ha postulado vía Twitter Jorge Riechmann, filósofo, poeta, ecologista… Trascendamos, pues, la visión de muchos medios simplista y belicista de “ganar la guerra a un virus” y ahondemos en las carencias estructurales de nuestro sistema socioeconómico que están propiciando tanto desajuste, para poder plantear nuevos marcos de oportunidad.

1. Individualidad y colectividad

Individualidad y colectividad no son antónimos, sino escalas diferentes de nuestra situación en el mundo. Por contra, en nuestro imaginario suelen aparecer como dos aproximaciones opuestas. A menudo confundimos el reconocimiento de la individualidad, imprescindible para el desarrollo de la personalidad y la autorealización (véase Las necesidades humanas,­ según Maslow), con el mero individualismo, que evoca al individuo por encima de todo. Este individualismo es uno de los pilares del neoliberalismo, regido por la competencia y la hegemonía del individuo, velando sólo por su interés personal. Es el enfoque de “tonto el último”.

Bajo esta máxima nos regimos cuando arrasamos en los supermercados. Algo que ha planteado una situación bastante incongruente: decenas de personas se abarrotaron en súpers de varias ciudades (en especial el sábado 14 de marzo), como si de una carestía de alimentos se tratara cuando, lejos de esto, la cuestión era justamente evitar aglomeraciones para ralentizar la propagación del virus (tal vez lo tonto fue apiñarse en dichos pelotones).

Un ejemplo del pensamiento “tonto el último” a escala de país lo hemos visto en la actuación inicial de Reino Unido ante la pandemia. La prioridad de este país fue mantener la productividad y el lucro, por encima del bienestar de las personas vulnerables, así como del conjunto de la población. Una línea de acción que el propio Boris Johnson está abandonando por miedo al colapso del sistema sanitario.

En el otro extremo, tenemos el caso de China. En el comunismo de estado chino la colectividad se concibe desde arriba, menospreciando la vida individual y la diversidad. Su sociedad tiene una gran capacidad de responder acorde a lo que se le pide –no se iban a pasar la cuarentena a su segunda residencia propagando el virus, como ha sucedido en Italia y España–. Pero en gran medida, su efectiva respuesta se debe al miedo que infringe un estado represor.

En estos días se hace patente que la libertad individual es importante pero que no lo puede avalar todo, especialmente cuando hay tantas vidas en riesgo. “Mi libertad termina donde empieza la de los demás”, como dijo el filósofo Jean Paul Sartre, una máxima que deberíamos aplicar no sólo en tiempos de alarma. Sin embargo, muchos actos que damos por supuestos atentan de forma directa o indirecta contra los derechos humanos de otras personas.

Por ejemplo, ir en coche a trabajar o de vacaciones en avión/crucero daña la calidad del aire y el clima que todxs necesitamos. Comprar alimentos cultivados con pesticidas elimina la biodiversidad y contamina suelos y aguas. Por no hablar de las condiciones de explotación de las que sacamos tajada con actos tan cotidianos como comprar ropa barata made in Bangladesh, ni de la vida de sufrimiento a la que condenamos a los animales con la ganadería intensiva. Tal vez ahora, conociendo un poco la palabra confinamiento (si bien con la comodidad de casa) podamos recapacitar acerca de encerrar a un cerdo en una granja, donde nunca verá el cielo, ni podrá jugar, ni olerá más que las heces de sus compañeros de celda.

He aquí uno de los grandes retos que plantea este virus: generar valores y estructuras –no jerárquicas– que protejan a la vez a la individualidad y a la colectividad, velando por el bienestar de todo el abanico de personas y especies, atendiendo prioritariamente a la ayuda mutua y no al sacrificio de las libertades fundamentales.

2. La ayuda mutua sostiene la vida

Para pensar y funcionar en clave de colectividad debemos reparar numerosos vínculos que han sido cercenados. Somos seres ecodependientes e interdependientes: “Ecodependientes porque todos los recursos y bienes que utilizamos para todas nuestras actividades, salen de la naturaleza; e interdependientes, porque es imposible pensar la vida de un ser humano sin la ayuda de otro ser humano”, en palabras de la antropóloga y activista ecofeminista Yayo Herrero. Es decir, vivimos inmersos en sociedades –como redes de personas–, a la vez que estas sociedades forman parte de ecosistemas –como redes de especies–.

Esta crisis evidencia que “No hay posibilidad de que nadie se salve en solitario porque dependemos del trabajo de muchísimas otras personas” como relata Luis González Reyes, químico y miembro de Ecologistas en Acción. Regirse por el principio de “tonto el último”, además de poco ético acaba por no ser funcional. Poco me beneficia a mi tener 40 rollos de papel higiénico en casa, pero tal vez habré dejado sin a una médica o enfermera que me cuidará si enfermo. Poco gano yo con 40 desinfectantes de manos, en cambio necesito que mis conciudadanos mantengan la higiene y no propaguen el virus.

También prácticas populares como no pagar impuestos debilitan el sistema de pensiones, la sanidad pública, etc., en definitiva, la red de bienestar que nos puede sostener en épocas de penurias. Es un nefasto ejemplo la corrupción política (a menudo infligida por los mismos partidos que a la vez privatizaban y desarticulaban lo público), pero esto no debería ser excusa para avalar comportamientos egoístas. La respuesta más consecuente sería dejar de votar a los partidos que saquean –no robar porqué todo quisqui lo hace–, y a la vez exigir que se invierta nuestro dinero en medio ambiente, sanidad, educación; no en el ejército, la ganadería o los toros.

El sentido de colectividad debería de ser incluso más fuerte en sistemas tan especializados como los actuales. Parece que a mayor es la escala de un socio-ecosistema, como una ciudad, más independientes somos, pero nada más lejos de la realidad. Yo no sé medicina, no sé reparar un ordenador, ni una tubería. Tampoco cultivo verduras, ni tejo ropa. Entonces, ¿por qué no sentimos el placer de compartir los dichosos rollos de papel de váter con todas estas personas que aportan diferentes saberes y experiencias a la comunidad? ¿Por qué tenemos tan dormido el sentimiento de vecindad?

Vivimos enajenados de nuestra naturaleza social e interdependiente, en un mundo donde nos inculcan que la competencia en vez de la cooperación es el motor de la vida. En la naturaleza ambos tipos de relaciones existen, pero es inmensamente más representativo el papel de la cooperación. Las plantas son ejemplo de ello: algunas pocas han desarrollado pinchos para defenderse de los herbívoros, pero son muchas más las que han inventado maravillas como las flores y los frutos para interactuar de forma simbiótica con los animales (lo cuenta fenomenal el biólogo Stefano Mancuso en esta conferencia). Y es que, como destacó la eminente bióloga Lynn Margulis “La vida es una unión simbiótica y cooperativa que permite triunfar a los que se asocian”.

En un momento como éste es triste y absurdo que las patentes ralentizen la vacuna del coronavirus, con equipos por todo el mundo trabajando para desarrollarla, pero compitiendo entre sí, no colaborando. Por otro lado, creo que las medidas de confinamiento –ahora imprescindibles– deberían impulsarse desde la cooperación y no del despliegue de tanques.

Ante la excepcional situación, también cabe destacar muy positivamente que han surgido múltiples iniciativas solidarias que apuestan por tejer lazos y formar comunidad, como:

3. Comprender la red de redes que constituye la vida

El problema de fondo no se resuelve con más plástico entre nosotros y más lejía. No, la vía para preservar la vida es justamente la opuesta, es decir, favorecer la diversidad y la complejidad de los ecosistemas, la cual ha sustentado la vida en la Tierra a lo largo de millones de años. Los métodos de desinfección y esterilización son útiles para situaciones eventuales. Mas, siendo ya nuestros impactos ambientales de escala planetaria, es ineludible avanzar en la comprensión de la esencia de la vida: la red de redes que constituye la biosfera, formada por millones de especies (incluyendo la nuestra), donde cada una con su particular biología y comportamiento contribuye al mantenimiento de las dinámicas ecológicas y de los ciclos de la vida.

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La humanidad lleva tiempo embarcada en una cruzada contra la vida: talando bosques, degradando suelos, extinguiendo especies… Probemos con ir cortando hilos y más hilos de un entramado y veremos como éste se va debilitando. En este contexto, la llegada del coronavirus hasta nosotros no ha sido fortuita. Es el resultado de invadir y degradar hábitats, entrando en contacto con especies con las que no nos habríamos topado de preservar la diversidad y complejidad ecológica. Ahora, con esta red de especies e interacciones menguada, estamos muy expuestos a nuevas enfermedades y somos más vulnerables a sus efectos. Es decir que La destrucción de los ecosistemas es el primer paso hacia las pandemias” según muchos expertos como Fernando Valladares del CSIC o Jordi Serra, biólogo de la UB y del Institut de Recerca de la Biodiversitat (véanse al final varias referencias a estudios y artículos sobre dicha relación).

No hay que olvidar también que este virus se transmitió a humanos en un mercado de animales vivos, estos lugares son una verdadera aberración tanto por ética como por salubridad (Igualdad Animal ha lanzado esta petición para pedir a la ONU que los prohíba).

Por otro lado, “No hay mejor escenario para la exposición y multiplicación de virus y bacterias que una granja intensiva. De hecho, la OMS no para alertar del riesgo de pandemias de gripe por este motivo” expone Núria Almiron, Codirectora UPF-Centre for Animal Ethics. Y es que en las granjas, sin los filtros de la biodiversidad y en precario estado de salud de los animales, los patógenos pueden extenderse fácilmente alerta Aysha Akhtar, neuróloga y especialista en salud pública de la FDA de los EEUU. En las granjas se suma el uso masivo de antibióticos, que genera bacterias resistentes las cuales, según un estudio noruego, están incrementando nuestra mortalidad al combinarse con el COVID-19.

Si a esto le añadimos la velocidad de movimiento de personas que supone la globalización y el hecho de que las ciudades son en sí mismas otro monocultivo –en este caso de personas– , tenemos el caldo de cultivo idóneo para las pandemias. Incluso hay indicios de que la alta contaminación podría favorecer la expansión y agravamiento del coronavirus. Buen cóctel.

Dicho esto, necesitamos responsabilizarnos de nuestras acciones. Un simple acto aparentemente desligado de todo esto como la compra de una manzana, una caja de huevos o un móvil tiene una cascada de impactos en esta red de redes que sustenta nuestras vidas. Más aún, en un mundo dominado por los mercados, donde cada compra supone el apoyo de una determinada forma de tratar a las personas trabajadoras, a las especies y a los ecosistemas. Sin embargo, estos efectos se podrían tornar menos nocivos, incluso positivos, si practicáramos un estilo de vida consciente, que procurara por el mantenimiento de la biodiversidad, los beneficios sociales, sin explotar a los animales, etc. (véase el post #ReSPeCT).

Entonces, ¿sería posible plantear los sistemas humanos para restaurar y favorecer la trama de la vida? Creo que sin duda es posible. De hecho, existen 8 millones de especies “todas saben cómo actuar para que los ciclos de la vida prosigan, sólo la nuestra anda perdida sin saber qué hacer” tal y como señaló Marta Tafalla en el ciclo del CCCB Las voces de la naturaleza. Por tanto, aprendamos de las dinámicas biológicas y de la biodiversidad que se regenera, se autoregula y se automantiene a lo largo del tiempo.

4. Educación para la vida

Desgraciadamente, apenas nos han educado para cooperar. En la escuela tuve a excelente profesorado que motivaba hacia la ayuda mutua. Sin embargo, fueron la excepción. Por regla general, cada estudiante era interpeladx a adquirir conocimientos de forma individual y “tonto el último”, estando el sistema de puntuación convencional centrado en la competencia. Los diferentes ritmos y habilidades no se percibían como riqueza, sino como un lastre para el avance del condenado currículo. Espero que la tendencia hacia una formación más participativa –en la línea de Montessori, las Escuelas Libres, el aprendizaje por proyectos, etc.– contribuya a paliar estas deficiencias y a prepararnos para convivir y apreciar la diversidad.

En segundo lugar, el sistema educativo no nos ha enseñado autoconocimiento y psicología. No hemos aprendido estrategias para comprender nuestras emociones (más bien nos incitan a negarlas), métodos para lidiar con el miedo o herramientas para gestionar el conflicto. Un conocimiento que en tiempos de angustia es clave para mantener el equilibrio psicológico, pero del que vamos muy escasos. Recordemos que España es el país europeo que más somníferos y ansiolíticos consume. No obstante, es muy positivo que recientemente en numerosas escuelas se incorporan actividades para trabajar las emociones y potenciar la empatía, una dirección en la que seguir avanzando.

Pero es que la educación recibida ni siquiera nos prepara como seres vivos. La biología impartida tiende a formular una brecha importante entre humanos y las otras especies. Como si nosotros no formáramos parte de la naturaleza, como si nos hubiéramos desligado de ella; una mera ilusión puesto que somos animales y dependemos de otras especies para respirar, comer, etc., como se ha dicho en el punto anterior.

Poquísimo incluye el currículo lectivo sobre ecología, tendiendo a explicar los organismos vivos como seres aislados y no dentro del conjunto del entramado de interacciones que conforman un ecosistema: con sus constantes ciclos del carbono, nutrientes, agua…, con toda su complejidad y diversidad. Por todo este desconocimiento, nos asusta tanto un virus que nos recuerda que somos cuerpos vulnerables, pero nos cuesta calibrar el grave alcance de la emergencia climática, de la degradación de los ecosistemas marinos o bien de los pesticidas de la agricultura intensiva que aniquilan la biodiversidad a gran escala. Vivimos enajenados de nuestra naturaleza biológica y ecodependiente.

Han realizado un trabajo excelente en esta línea en la Fundación FUHEM, llamado Currículo Ecosocial. “¿Cómo es posible que en Ciencias Naturales se enumeren los problemas ambientales y se destaque el cambio climático, y en Ciencias Sociales se aborde la ciudad exaltando coche, AVE o avión, sin que se relacionen con el calentamiento global?”, se preguntan lxs autorxs de esta propuesta. Por ello, han desarrollado un currículo alternativo, desde infantil hasta bachillerato, para vincularse al territorio próximo y a la comunidad, fomentando un espíritu crítico que cuestione la insostenibilidad del sistema vigente. También han desarrollado materiales didácticos (nivel ESO) muy recomendables sobre la relación entre pérdida de biodiversidad y pandemias.

5. Aprovechar la oportunidad

Como toda crisis, el momento nos brinda la ocasión para generar alternativas:

En definitiva, el debilitamiento de lo público, de lo comunitario y de los ecosistemas nos ha llevado este punto. Y es que ahora vivimos una crisis sanitaria, sin embargo, el daño masivo que nuestro sistema productivo causa sobre las especies y el clima nos conduce a un escenario muy probable de crisis reiteradas, en el que los fenómenos extremos se están incrementando y estará en juego la disponibilidad de alimento y de agua. Algo que, de hecho, ya sucede en países del Sur global, como cuenta en primera persona el documental Thank you for the rain (Julia Dahr, 2017). Este virus nos ha mostrado que vamos todxs en el mismo barco, que no hay fronteras ni clases que nos aíslen de los desequilibrios ecológicos y sociales, recordándonos que sólo podremos dar respuesta a esta profunda crisis multicapa cooperando y reforzando la red de redes .

Clara Montaner Augé. Ambientóloga – 28 de marzo de 2020 (actualizado 2 de abril de 2020)

Más referencias acerca de la relación entre degradación ecológica y pandemias:
- Cómo la pérdida de biodiversidad está aumentando el contagio de virus de animales a humanos (John Vidal, eldiario.es, Ensia)
- Contra las pandemias, la ecología (Sonia Shah, Le Monde Diplomatique)
- Coronavirus: 'Nature is sending us a message’, says UN environment chief (Damian Carrington, The Guardian)
- Covid-19 is nature's wake-up call to complacent civilisation(George Monbiot, The Guardian)
- L’agronegoci està disposat a posar en risc de mort milions de persones (entrevista a Rob Wallace, Directa)
- Sustainable development must account for pandemic risk (Moreno Di Marco et al., PNAS)
- 'Tip of the iceberg': is our destruction of nature responsible for Covid-19? (John Vidal, The Guardian)
- Where Pandemics Come From — and How to Stop Them (John R. Platt)