Cambiar el relato

Las voces de la naturaleza

Conversación entre Yayo Herrero y Marta Tafalla, moderada por Pilar Sampietro

@CalaixAmbiental >> Abundan las noticias sobre los efectos ya palpables de la crisis climática. El mundo científico se esmera por prever posibles escenarios futuros. Se empiezan a incluir políticas de transición energética en algunos países. En este contexto la ciudadanía nos preguntamos hacia donde tenemos que avanzar. ¿Cómo actuar frente a la emergencia climática? ¿Se puede solucionar esta problemática cambiando de fuentes energéticas? ¿Cómo hay que afrontar todos estos retos de una forma justa? ¿Y qué pasa con las “otras” especies?

Ninguna de estas cuestiones se puede resolver sin caer en desajustes similares a los que vivimos ahora si no ahondamos en el origen de todos ellos y cambiamos el relato que ha prevalecido: un relato de explotación de determinados colectivos de personas, de las especies no humanas y de los elementos naturales que lleva siglos forjándose. Es esencial generar un nuevo imaginario que nos permita pensar en clave de comunidad y de convivencia interespecies.

Para dialogar sobre este nuevo marco de pensamiento, el pasado jueves 20 de febrero, se encontraron en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona la antropóloga Yayo Herrero, referente del ecofeminismo en Europa y América Latina, y Marta Tafalla, profesora de filosofía y autora de Ecoanimal. Una estética plurisensorial, ecologista y animalista (Plaza y Valdés, 2019), entre otros libros. Moderada por la periodista Pilar Sampietro, quien dirige el programa de radio Vida Verde, esta sesión fue el inicio del ciclo de conferencias “Cambiar el relato”. Con este cartel era de prever que la tarde sería extraordinaria y del todo imprescindible. Y así fue, pues en ella se desentrañaron muchos hilos que van a ser muy necesarios para tejer un relato alternativo.

1. Salir de las lógicas de dominación. La cosmovisión predominante interpreta el mundo desde los dualismos: intelecto/materia, cultura/naturaleza, masculino/femenino, norte/sur…. En esta clasificación se adjudica un menor valor al segundo concepto de cada pareja, lo que permite a determinados grupos y personas justificar un dominio y ejercer la explotación y la violencia sobre otros seres, algo que relatan también otras autoras de pensamiento ecofeminista, como Alicia Puleo en Claves Ecofeministas (Plaza y Valdés, 2019). En este contexto jerárquico, se suele entrar en círculos viciosos, en los que se generan estructuras que protegen a las personas más poderosas, mientras que se menosprecian las situaciones de las mujeres, del sur, de las especies no humanas… Como expone Yayo Herrero, esto lleva a que estos grupos seamos los más afectados por la crisis climática (a la vez que quien menos ha contribuido en términos de emisiones).

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2. Entender la complejidad ecosistémica. “La naturaleza no es un decorado para las fotos de Instagram”, dice Marta Tafalla. No comprendemos que las funciones de este supuesto decorado es lo que mantiene nuestra vida. Sólo percibimos el valor ornamental. Tampoco es preciso interpretar los ecosistemas como máquinas. No están aquí para que nosotros la utilicemos a nuestro parecer. La diversidad de especies y de procesos ecológicos son la esencia de la vida en el planeta. Nuestra especie es sólo una de tantas que forma parte de este entramado de la vida, a modo de comunidad de vecinos, que ha mantenido la vida en la Tierra durante millones de años. Comprender esto pasa por percibir a cada ser vivo no como un cuerpo aislado (tal y como se muestran los animales en los zoos) sino como un integrante de redes de relaciones junto con otras especies, sin las cuales su vida se vuelve miserable -cuando no inviable-. Dentro de este entramado de interacciones nos situamos cada unx de nosotrxs, lo que nos lleva al punto siguiente. 

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3. Comprender la dependencia a diferentes escalas (es decir, la dependencia de nuestro cuerpo, de otros seres vivos -interdependencia- y de la red de relaciones que conforman los ecosistemas -ecodependencia-). Solemos vivir con una falsa sensación de emancipación de los ecosistemas y de nuestro propio cuerpo. “Cuando hablamos de la era del Antropoceno, puede parecer, al darle la raíz anthropos, que subrallamos el momento en el que más nos hemos desligado de la naturaleza, pero en realidad es el momento en que se está evidenciando justo lo contrario: es la era en la que nuestra vulnerabilidad y nuestra sujeción a los límites y dinámicas de los ecosistema se ha hecho más patente”, nos cuenta Yayo Herrero. Fantaseamos con realidades sin límites, a veces, incluso con tecnologías para burlar la muerte, algo que se relaciona con el desprecio por aquello considerado material, lo cual nos hace menospreciar hasta nuestro propio cuerpo (una visión con una larga trayectoria, formulada por pensadores como Platón o Tomás de Aquino). Como resultado, valoramos nuestro cuerpo sólo como máquina que puede adquirir un valor productivo, cosificándolo. También son más reconocidos unos sentidos sobre otros, considerando la vista y el oído más importantes y próximos al intelecto, mientras que desdeñamos el sabor y sobretodo el olfato y el tacto por ser más “terrenales”.

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4. Aprender a escuchar. Durante la sesión nos proponen el ejercicio de atender a los sonidos de algunos animales que viven en Barcelona y alrededores. Como dice Pilar Sampietro, omitimos como se expresan las otras especies porque “escuchar es algo que nunca nos han enseñado”. Cuenta Marta Tafalla que a veces se ha llamado a los animales “los sin-voz”. ¡Pero realmente la tienen! Incluso especies como los cetáceos disponen de sistemas de vocalización altamente desarrollados. Hay que tener en cuenta que los seres no humanos también son sujetos, luego prestar una escucha atenta a fin de comprender qué mensajes expresan. Este es un ejercicio de empatía que en algunos países se está incorporando, como ha sucedido en Argentina, donde se han juzgado delitos contra simios en calidad de “personas no humanas” o bien Ecuador y Bolivia, con constituciones que reconocen los derechos de la naturaleza. Aprendamos, pues, del Sur global y del conocimiento popular a escuchar a la vida salvaje. Todo ello nos lleva a replantear qué nos hace felices. Por ejemplo, podemos encontrar mucho más placer en actividades como el birdwatching, en la que percibimos la belleza de otros seres vivos sin ejercer ningún tipo de violencia sobre ellos, que acabando con la vida de estos bellos animales, ya sea con la caza o con la destrucción de su hábitat. También degradamos el clima para movernos más rápido o comer productos más lejanos, pero en cambio vivimos estresadxs y deprimidxs, sin disfrutar de la vida.

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5. Un lenguaje que atienda a la diversidad. Necesitamos una manera de expresarnos que rehuya los dualismos reduccionistas ya expuestos y que valore la importancia de la diversidad en todas sus variantes. Necesitamos un vocabulario que no normalice el extractivismo y la explotación de personas, especies no humanas y ecosistemas. De hecho, expresiones tan extendidas como “recursos naturales” y “recursos humanos” son reflejo de una valoración meramente instrumental, que podríamos enriquecer con palabras que reflejen la importancia de la diversidad cultural y de la diversidad de especies. Reformular nuestra comunicación pasa también por hablar de las experiencias que han sido silenciadas: de mujeres, de pueblos indígenas… ¡y de las especies no humanas! Recordemos que somos una entre las millones de especies que habitan la Tierra. “Es ridículo que se considere marginal hablar de todas ellas y en cambio poner en foco en una sola persona famosa sea lo interesante, reconocido. Vivimos en un mundo de fantasía” reflexiona Marta Tafalla. En ello coincide Yayo Herrero: “El sujeto dominador pasa a la historia y el dominado se invisibiliza”, como también han mostrado otras autoras, por ejemplo la arquitecta Zaida Muxí en su libro Mujeres, Casas y Ciudades (Dpr Editorial, 2018).

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6. Renaturalizar. Las respuestas a los desequilibrios actuales están en la propia naturaleza, maravilloso sistema que se autoregula gracias a complejísimos procesos que se han forjado a lo largo de millones de años. Debemos aprender a ser biomiméticos y es que, como dice Marta Tafalla, “todas las especies saben lo que deben hacer para sobrevivir menos nosotros”. Hay muchos casos de renaturalización exitosos, como el del Manzanares, destacada por Yayo Herrero, también se está experimentando un “asilvestramiento” del espacio urbano en varias ciudades catalanas (temas sobre los que escribí en El río Manzanares cobra vida y en Asilvestradas. Ciudades que se vuelven más biodiversas y sanas gracias a la configuración ecológica del verde). Deberíamos permitir que sucedan las dinámicas de regeneración propias de los ecosistemas, retirándonos en muchos territorios. Ligado a esto, necesitamos redefinir nuestra alimentación, basándola en sistemas de proximidad y con un muy bajo consumo de productos animales, dada la alta ineficiencia en el consumo de suelo de la ganadería, entre otros graves efectos (como detallamos en el post Febrero. Alimentación con baja huella de carbono)

En definitiva, nuestra desmesurada huella ecológica no se resolverá simplemente remplazando las energías fósiles por unas tecnologías renovables que conllevan otros muchos impactos, por ejemplo los derivados de obtener determinados minerales. No nos servirán las mismas estructuras jerárquicas con una brochada de verde. Necesitamos tejer este nuevo relato que rechace sistemas dominadores que solo benefician a unas pocas personas y no tienen cabida en una biosfera que funciona en clave de red. Un nuevo relato que salga de esta burbuja-espejismo de desvinculación de nuestros cuerpos y de la comunidad interespecie, para encontrar un ideario de respeto y convivencia.

Clara Montaner Augé. Ambientóloga – 23 de febrero de 2020

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2 thoughts on “Cambiar el relato

  1. Magnífic rapport d’aquest col.loqui que indica quan evolucionat està el pensament ecologista, no basant-se només en les apàrences sino aprofundint en tota la realitat amb uns ulls diferents -cambiar de relato- en el qual el més important és comprendre a nivell personal i comunitari la xarxa de interrelacions ecosistèmiques.
    Gràcies, Clara Montaner, per fer-ne ressò !!!

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