Ensimismadxs

@CalaixA > Hoy se cumple un año desde que empecé la iniciativa de escribir un blog para dar forma a mis reflexiones sobre la actualidad en materia de ecología y medio ambiente. Poco me esperaba lo mucho que aprendería con este proyecto y cuanto me animaría a leer más y a ponerme en contacto con tantas personas interesantes y con preocupaciones muy similares a las mías. A todas vosotras os agradezco lo mucho que me habéis aportado: Julia Dahr, Irene Cruz, Josep Llanguas, Pablo Vera, Virgilio Beltrán, Ana Abad… Este artículo es el resultado de este proceso, que no ha hecho más que empezar.

Ensimismadxs. Del desarrollismo y las estructuras jerárquicas de dominación hacia una concepción holística de nuestra existencia

Nadie sabe aún cómo surgió la vida, pero sí que la vida quería vivir. Esto se materializó principalmente en dos de sus estrategias: reproducirse cómo imperativo para cerrar los ciclos vitales y diversificarse para tener más opciones de supervivencia a nivel de poblaciones, en caso de cambios en las condiciones del medio. A largo plazo y siguiendo los procesos de la evolución, esta búsqueda de la diversidad resultó en la aparición de distintas especies, que a su vez fueron trazando redes de relaciones cada vez más complejas generando, así, ecosistemas.

De este modo, la biosfera se desarrolló durante millones de años. Pasó por periodos florecientes y por extinciones en masa, pero siempre rigiéndose por distintos principios básicos que en última instancia convergen en uno: la búsqueda de un equilibrio dinámico. Así pues, la vida no es estática, todo cambia, pero a cada cambio se le da una respuesta. Si un nuevo recurso aparece, tarde o temprano alguna especie ocupará este nuevo nicho ecológico para explotarlo; si una población crece demasiado, su sustento se verá mermado elevando la mortalidad de ésta hasta reequilibrar el sistema; y así sucede con toda modificación de la vida, los ecosistemas se reacomodan con el ineludible fin de ser sostenibles en el tiempo.

En términos de tiempo geológico, hace bien poco que nuestra especie apareció. Algunas de nuestras aptitudes nos han valido un gran éxito reproductor y ocupador. Junto a otras, destacan especialmente tres características como causas esenciales de ello. En primer lugar, tenemos la capacidad para generar razonamientos complejos gracias al lenguaje simbólico. En segundo lugar, nuestra mezcla de creatividad y habilidad, especialmente con las manos, nos ha servido para desarrollar la tecnología y la ciencia. Y, en tercer lugar, pero no menos importante, tenemos la capacidad para transmitir todos los conocimientos adquiridos como especie, sin la cual, las otras dos aptitudes carecerían de transcendencia alguna.

Hasta aquí todo suena bien, no obstante, sabemos que en cuanto a nuestro planteamiento como civilización hay bastante que chirría; prueba de ello son los impactos que estamos causando a escala planetaria. En gran parte, el origen del problema radica en que hemos sido una especie ensimismada. Mientras que nuestras expresiones creativas y nuestra tecnología nos han acompañado desde las cavernas, ¿qué ha sido de nuestro interés por conocer el funcionamiento de los ecosistemas? ¿Cómo puede ser que el arte, la arquitectura o la ingeniería lleven tantos siglos perfeccionándose y que no fuera hasta el siglo XIX, de la mano del biólogo y filósofo Ernst Haeckel, que se iniciara el estudio de la ecología? ¿Por qué hemos estado tan ensimismadxs y nos hemos preocupado tan poco de conocer cómo vivimos las especies y cómo nos interrelacionamos entre nosotras?

Tal vez el mito de Prometeo,  quién robó el fuego a los dioses como símbolo de dominación de la naturaleza, hizo demasiada mella en nuestro imaginario colectivo y, desde entonces, a nivel epistemológico nos ha condicionado en exceso. Así pues, nos ha preocupado mucho más cómo domesticar a otras especies o cómo viajar más rápido que no conocer bajo qué principios se regía la vida de las especies y los ecosistemas, o bien qué consecuencias podía tener quemar unos combustibles que habían tardado millones de años en formarse. En definitiva, en vez de tratar de entender nuestra posición dentro de los ecosistemas como una especie más, nos ha interesado demasiado mirarnos el ombligo y darnos palmaditas en la espalda exclamando “¡qué listos que somos!” a la vez que esta extraña inteligencia nos conducía a mermar la gran mayoría de especies y a la degradación de los ecosistemas, sin los cuales nuestra supervivencia sería del todo inviable, por mucho que haya divagado la ciencia ficción al respecto.

Y mientras las mentes más brillantes del planeta se concentran en Sillicon Valley o similares, discutiendo sobre la siguiente APP multimillonaria que saldrá al mercado, la Tierra ya ha empezado su búsqueda de un nuevo equilibrio. La circulación atmosférica va cambiando, también lo van haciendo las corrientes oceánicas y, como no, la temperatura media va subiendo. Pero claro, como que la ecología es una ciencia de segunda, aún nadie sabe del todo cómo funcionan estos procesos de escala planetaria, por lo que desconocemos qué pasará exactamente, y lo que ya sabemos nuestro sistema socioeconómico se esfuerza por obviarlo.

Así pues, es científicamente conocido que hemos superado la capacidad de carga de los ecosistemas en distintos aspectos (acumulación de residuos, drástica disminución de la mayoría de poblaciones de especies, pérdida de suelo…). Por lo tanto, la biosfera buscará cómo reequilibrarse, la vida continuará, pero es posible que las nuevas condiciones no sean tan favorables para nuestra especie (ni para muchas otras). De momento, ya tenemos multitud de refugiados climáticos y las proyecciones estiman que en 2050 llegaran a los 140 millones de personas.

Queda por demostrar si a nivel de poblaciones somos merecedores de llamarnos capaces de razonar y de generar pensamientos complejos. Pues nuestra forma de vivir dice lo contrario, organizando nuestros sistemas única y linealmente en base a unos pocos planteamientos simples, como el desarrollismo y las estructuras jerárquicas de dominación (de la tierra, de las especies, de la mujer, de clases, de etnias…) y rehuyendo la comprensión del funcionamiento complejo y en red de los ecosistemas y de la naturaleza. Personalmente, me entristece formar parte de una civilización que se ha fundamentado sobre la dominación como pilar. Esto no debería de ser un principio sobre el que enorgullecerse o sobre el que reafirmar nuestra concepción como especie.

La buena noticia es que, efectivamente, hay muchas corrientes de pensamiento que se plantean cambios de base en estos aspectos. Algunas bien interesantes y con cierta interacción son:

  • El biocentrismo reivindica el valor primordial de la vida, frente a los planteamientos antropocéntricos o teocéntricos. Postula que todos los seres vivos tienen el mismo valor, y por lo tanto merecen el mismo respeto, ya que tienen igual derecho a existir, a desarrollarse y a expresarse con autonomía. Aboga para que la actividad humana cause el menor impacto posible sobre otras especies y sobre el planeta en sí. Su ideario se basa en los conceptos como la coevolución, la complejidad de las relaciones entre las especies, la no discriminación, la cultura de lo vivo, la democracia participativa, la agricultura ecológica y el uso de energías renovables. En un sentido similar ha surgido el antiespecismo, que considera a todas las especies dignas de los mismos derechos y, por lo tanto rechazan cualquier discriminación por tipo de especie.
  • El ecocentrismo plantea que nuestros pensamientos y acciones deben centrarse tanto en el cuidado como en la conservación del medio ambiente, donde el objetivo final sea la sostenibilidad de la vida. El ecocentrismo expone un amor hacia la naturaleza como ser abstracto, siguiendo la hipótesis Gaia. Aunque también rechaza las concepciones antropocéntricas o teocéntricas, el ecocentrismo, a diferencia del biocentrismo, se centra en preservar ecosistemas y especies, no en conservar la vida de individuos específicos.
  • Por otro lado, el ecofeminismo señala que, en el orden simbólico patriarcal, existen conexiones importantes entre la dominación y explotación de las mujeres y de la naturaleza. Así pues, denuncia este afán de dominación sobre las mujeres y la naturaleza y rechaza la contraposición de los binomios hombre-mujer, cultura-naturaleza, proponiendo relaciones positivas, y no basadas en una jerarquía patriarcal.

Tal vez haya llegado el momento de plantarnos, de darle la vuelta a la forma de fundamentar nuestras sociedades y sistemas económicos, así como nuestra convivencia entre humanos y con las otras especies. En este sentido, un buen punto de partida es comprender que las leyes, los procesos y equilibrios que rigen el funcionamiento de la naturaleza son la base sobre la que deben organizarse las leyes humanas, la política y la economía, y no al revés. Cuando se plantean conflictos entre intereses humanos y dinámicas de la naturaleza es muy común excusarnos en planteamientos del tipo “ésto se debe de hacer así porqué si no la economía irá mal”. No obstante, ¿no es el sistema económico una convención humana que podemos modular? En cambio, dependemos inexorablemente del buen funcionamiento de los ecosistemas y de sus propias leyes para sobrevivir.

Otro punto clave sería plantear nuevos modelos educativos que pongan la vida en el centro, para aprender que somos ecodependientes e interdependientes de otros individuos. Sobre este tema habló la antropóloga, ingeniera y activista Yayo Herrero el pasado 19 de octubre en esta imprescindible conferencia en Barcelona. Por lo tanto, es esencial sustituir los planteamientos educativos vigentes, enfocados en un autodestructivo desarrollismo y en promover la competencia, por una educación que promueva la empatía y se centre en comprender que somos organismos viviendo en un planeta finito, los cuales componemos una interesantísima red de relaciones ecológicas, donde las relaciones cooperativas ofrecen más beneficios mutuos que las de competencia. Así lo expuso la eminente bióloga Lynn Margulis: “La vida es una unión simbiótica y cooperativa que permite triunfar a los que se asocian”.

En definitiva, llevamos miles de años fundamentando nuestras civilizaciones en concepciones teocéntricas, antropocéntricas o más recientemente tecnocéntricas, obviando el funcionamiento de los procesos naturales. Como expone Marta Tafalla, doctora en Filosofía y profesora en la Universidad Autónoma de Barcelona, en este brillante artículo Razones éticas para prohibir el uso de animales en circos “La civilización que hemos construido y en la que estamos atrapados, está intentando con muchas estrategias distintas y complementarias que olvidemos la naturaleza”.

No obstante, a día de hoy, la ciencia ha demostrado que los sistemas humanos no se desarrollan de forma aislada de los ecosistemas, sino que en la Tierra todo se encuentra conectado y dependemos de otras especies, de su diversidad y de los servicios ecosistémicos que éstas nos proporcionan, tales como: renovación del aire y producción de materia orgánica por parte de plantas y otros productores primarios o bien reciclado de materia orgánica por parte de los hongos y otros descomponedores, entre otros muchos y muy diversos servicios imprescindibles.

Es el momento de asumir las consecuencias que comportan nuestros modos de vida sobre el medio ambiente, sobre otras especies, así como sobre nuestra propia especie, y de dejar atrás el mito de Prometeo y nuestro ensimismamiento, para abrazar una comprensión más compleja y holística de nuestra existencia.

Picture

Ilustración del blog Sustainability sobre el planteamiento egocéntrico vs el ecocéntrico y sus respectivas consecuencias.

Clara Montaner Augé – 17 de noviembre de 2018

 

Imagen de portada: Parque de Montjuic, Barcelona, nobiembre de 2018 (fuente propia).

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